Si te lo tengo que pedir, ya no lo quiero.

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Estamos de vuelta en Psicorockgia, esta vez para hablar de un tema muy concreto: las expectativas que depositamos en nuestra vida en general y en nuestra pareja en particular. Pero, ¿qué son las expectativas? ¿Conoces el papel que juegan sobre nuestra relación y sobre nuestros sentimientos y reacciones?

¿Qué verás en este artículo?

  1. Qué son las expectativas y cómo afectan a nuestras vidas.
  2. Qué solemos esperar de nuestras relaciones.
  3. Pautas para hacer frente a los conflictos generados por nuestras expectativas.

Comenzamos, como siempre, con un poco de música. Esta vez de la mano de The Killers.

¿Qué son las expectativas?

Las expectativas, según la RAE, hacen referencia a la esperanza de realizar o conseguir algo. Para los psicólogos, son aquellas ideas preconcebidas que nos hacen imaginar nuestra vida y nuestras relaciones de un modo determinado, tal y como creemos que nos agradarían o nos harían sentir bien. Estas ideas proceden de nuestro modo de ver el mundo, el cual a su vez procede de nuestra educación y/o vivencias pasadas.

A veces, las expectativas tienen un efecto positivo sobre nuestras vidas: esperamos conseguir un trabajo digno y, de hecho, lo hacemos. Esperamos celebrar una reunión en la que todos nuestros invitados se lo pasen bien y, de hecho, lo conseguimos. La satisfacción es grande y nuestro cerebro se lo toma como un refuerzo importante, lo que aumenta nuestro bienestar y nos empuja a seguir intentando cumplir expectativas, para poder repetir esa sensación tan agradable.

Ahora bien: ¿qué ocurre cuando la realidad no alcanza dichas expectativas? ¿qué pasa cuando estas expectativas, incluso sin ser muy altas, resultan inalcanzables para nosotros, bien por las características del mundo y las relaciones actuales, o bien por la incidencia de nuestros pensamientos sobre dichas expectativas?

130227 M VZ265 054 - Si te lo tengo que pedir, ya no lo quiero.Exacto, nos sentimos mal. Experimentamos frustración y atribuimos lo ocurrido a nuestras propias características o a los esfuerzos empleados para conseguir lo propuesto.

Lo mismo ocurre en las relaciones de amistad o de pareja: cuando la otra persona no cumple una idea concreta que nosotros, sin que esta lo sepa, habíamos depositado en su persona, nos sentimos mal y queremos alejarnos de ella. Lo atribuimos a sus características, a la relación que mantenemos con él o ella, o a ambas cosas.

Las expectativas más comunes y perjudiciales

Ahora que sabemos de primera mano qué son las expectativas y de dónde proceden, podemos empezar a describirlas. Por supuesto, cada persona espera determinados eventos con respecto a su vida y relaciones, y ajustar lo que esperamos a la realidad puede ser complicado. Incluso en lo que se refiere a las relaciones personales, puede que la persona prefiera romper el vínculo que mantiene a modificar sus expectativas, ya que estas son férreas y le hacen sentir cómodo consigo mismo. En cualquier caso, es respetable.

Sin embargo, puede que ni siquiera identifiquemos cuáles son las expectativas que están afectando a nuestra vida y relaciones y, por eso, no sepamos si queremos ajustarlas o no.

Comencemos con expectativas más generales. Hablemos, por ejemplo, de trabajo. Llevamos toda la vida luchando y esforzándonos por conseguir un trabajo que nosotros consideramos digno. Nos generamos nuestra idea de trabajo digno propia, que puede tener o no tener que ver con la realidad. Con la llegada al mundo adulto, puede que nuestras expectativas no se ajusten mucho al mercado laboral real.

Este choque hace que comencemos a realizar interpretaciones: “este no es el trabajo que yo quería para mi”, “he elegido mal”, “quizá deba replantearme mi vida”… todo procede de intentar hacer encajar la realidad a nuestras expectativas. ¿Y si el truco residiera en encontrar un punto medio? ¿en unir expectativas y realidad y formar algo con lo que nos sintamos cómodos? No se trata de generar espíritus conformistas, se trata de generar bienestar.

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Apliquemos esto a las relaciones. “Si te lo tengo que pedir, ya no lo quiero”. En un artículo anterior, Ideas irracionales en pareja, hablábamos el superpoder que le hemos atribuido al ser humano sin darnos cuenta: la capacidad para leer la mente. Creemos que nuestra pareja debe saber ver nuestras necesidades sin que nosotros se las hayamos expuesto, solo por ser nuestra pareja –o nuestros amigos y familiares-. Pues bien: no podemos estar más equivocados.

Además de tener ideas preconcebidas con respecto a lo que nuestra pareja debería o no hacer con respecto a nuestra relación, generamos diferentes atribuciones de lo que nuestra pareja hace, es decir: le damos la explicación que nos da la gana.

Si no salimos a tomar algo porque nuestra pareja no nos lo propone, quiere decir que ya no le apetece. Quiere decir que le interesa más hacer cosas en casa solo que hacer cosas con nosotros y quiere decir, por supuesto que, si somos nosotros los que debemos decirles eso y ellos no se dan cuenta, nos quieren poco o no tienen la sensibilidad suficiente para visualizar nuestras necesidades reales. Y toda la información que vaya en contra de lo que pensamos es desechada.

En resumen, las expectativas tienen el efecto de empañar nuestra visión cuando algún evento de la vida real no coincide con ellas, haciéndonos sentir mal y dando solo una explicación a lo que está ocurriendo, normalmente negativa.

¿Qué hacer con ellas?

Genial. Ahora conocemos qué son las expectativas y cómo actúan sobre nosotros y sobre nuestras relaciones. La teoría parece comprensible, pero, ¿y en la práctica? ¿cómo ajustamos nuestras expectativas sobre nuestra pareja a la realidad?

A. Identificar.

En primer lugar, podemos aprender a identificar situaciones de conflicto generadas por lo que “el otro debería hacer” o, lo que es lo mismo, aunque aún no lo sepas: “lo que a ti te gustaría que hiciera”.

Los pensamientos que podrían generarse en estos casos podrían ser: me gustaría que me hubiera dado las buenas noches, que me hubiera dado los buenos días, que hubiera tomado la iniciativa en el sexo, que me hubiera propuesto un plan romántico de fin de semana, que fuera más atento, que fuera menos despistado, etc.

Un ejemplo sencillo: vivimos con nuestra pareja y solemos ir a hacer la compra con ella. Esta vez hemos ido solos y nuestra pareja no se ha ofrecido a acompañarnos. Mientras bajamos en el ascensor, notamos que nos sentimos realmente mal. El primer paso es preguntarnos: ¿por qué nos sentimos así? Seguramente nos respondamos: porque mi pareja no me ha acompañado a hacer la compra. No ha complido con lo que implícitamente habíamos acordado –sin que la otra persona lo supiera-: hay que acompañarse mutuamente a comprar.

De ahí, comenzarán a aflorar diversas interpretaciones y relaciones causales erróneas: “solía acompañarme a comprar porque me quería y disfrutaba de mi compañía. Ahora no me ha acompañado. Esto significa que ya no me quiere y ya no disfruta de mi compañía».

En ese momento tenemos que parar. Claramente, estamos ante una expectativa generada por las actuaciones previas de nuestra pareja y por el significado que nosotros le hemos dado a este hecho, que puede que no sea el real.

B. Calmarnos para ver con claridad y analizar lo ocurrido.

Es importante, como siempre explicitamos en los artículos dedicados a mejorar nuestras relaciones, esperar a estar más tranquilos para poder pensar en el conflicto concreto y no actuar a la ligera.

Podemos tratar de distraernos y realizar otras actividades para aplazar pensar en ello y hacerlo con frialdad cuando nos hayamos calmado.

Una vez conseguido, podemos pasar a analizar. Lo que me enfada: ¿es algo que realmente habíamos acordado en conjunto o es fruto de una expectativa generada por mi y por las actuaciones previas de mi pareja? ¿las interpretaciones que estoy llevando a cabo son reales o quizá sean fruto de mi rabia?

C. Desmontar nuestras interpretaciones.

Una vez llegado a un punto en el que nos consideremos capaces de pensar sin distorsionar, podemos pasar a modificar nuestros pensamientos.

En el ejemplo antes expuesto de bajar acompañado a hacer la compra, lo primero que podríamos hacer es preguntar qué es lo que ocurre. Una vez localizado por qué nos hemos sentido mal, debemos poner en práctica la distracción o la relajación hasta sentirnos mejor. Es importante no iniciar el siguiente paso sin habernos calmado del todo.

Llegados a este punto: ¿realmente habíamos acordado bajar a comprar juntos? ¿realmente realizar este tipo de actividades juntos implica que exista más o menos amor entre nosotros? ¿realmente debe saber nuestra pareja que deseo que me acompañe a comprar sin que yo se lo haya dicho?

Si no somos capaces de respondernos a estas preguntas nosotros solos, podemos hablarlo con nuestra pareja. Pero claro, para ello debemos superar uno de los mitos más extendidos: voy a pedir algo que debería haber salido de mi pareja, a saber, la iniciativa de acompañarme a comprar.

Si hacemos saber a nuestra pareja cómo nos hemos sentido ante el evento anterior y qué nos gustaría que ocurriera en diferentes ocasiones, habremos dado un paso muy importante para la mejora de nuestra comunicación en particular y de nuestra relación en general.

En lo que se refiere a las interpretaciones, las personas pueden cambiar de parecer a lo largo de su vida y pueden comportarse de un modo diferente en función de cómo se sientan o lo que les haya pasado. Si bien es cierto que, con respecto al ejemplo que nos ocupa, puede que tu relación de pareja ya no sea lo mismo y por ello a tu compañera o compañero le apetezca menos ir contigo a la compra, hay otras interpretaciones posibles a este hecho.

Aunque parezca increíble, resulta apabullante la cantidad de conflictos generados por la creación de expectativas determinadas que no llegan a cumplirse. ¿Te atreves a localizarlas y a utilizarlas en tu favor?

 

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Soy psicóloga sanitaria experta en terapia sistémica individual, de pareja y familiar. Trabajo en Aumenta S.B. proporcionando tratamiento a población infantojuvenil, adulta, parejas y familias. Soy Graduada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Poseo mi propio modo de trabajar, basándome principalmente en las corrientes cognitivo-conductual y sistémica, cautivada por una máxima: "conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana". Carl Jung.