La belleza de las personas

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Quizás este, mi apreciado lector, es uno de los artículos más personales que escribo. Es por eso que hablaremos de tú a tú en este caso, si me lo permites.

Hoy quisiera tratar un tema más alejado de la psicología como ciencia y más cercano a mi opinión personal, y los aprendizajes que he sacado de personas que me han demostrado ser únicos en el mundo de las relaciones sociales.

Dicho sea, que me refiero no tanto a la cantidad o frecuencia, sino a la calidad de sus relaciones, la comodidad y la naturalidad con la que las generan y las mantienen; y la huella que dejan en los demás.

Siempre seré músico, antes que psicólogo, así qué déjame que decore este momento:

Brevemente: durante varios meses me he formado conjuntamente en dos empresas, Psicología y Comunicación y Egoland Seducción. Esta última imparte un campus de hasta 14 talleres, de curioso nombre: “Mandanga Summer Camp” en distintas sesiones, tanto para hombres como para mujeres. Un taller que trata de que a través de un profundo trabajo interno con las personas, la consecuencia sea una mayor calidad y habilidad en su forma de relacionarse. En ellos he trabajado con los tres hermanos Tejedor, Álvaro, Luis y Quique; y con el resto del equipo: Javier Santoro, Yago Bader, Laura Bosh y Antoni Martínez.

¿El objetivo? ¿Seducir? Más bien seducirse a uno mismo, descubrir los recursos personales de cada uno de los alumnos, para ayudarles a comunicarse y vivir con un mayor nivel de satisfacción y felicidad en el mundo de las relaciones sociales. Y también, que el hecho de crear episodios mejores, más intensos y más congruentes a su personalidad, con los demás sea una consecuencia de esa mejora personal y no un fin sí mismo.

He trabajado con ellos, y les he observado con admiración formar en talleres de autoestima, habilidades sociales o autoconocimiento. Pero uno, impartido por Yago me animó a escribir las líneas que estás leyendo ahora mismo, junto a mí.

En este taller se compartió una filosofía similar a la que Zan Perrion, uno de mis referentes en la vida, trata de divulgar por distintas ciudades del planeta permanentemente. Una filosofía a la que evidentemente me sumo desde hace tiempo, y que por eso trato de aportar a través de distintas vías hoy en día: la belleza de las personas. Pongámonos manos a la obra.

La Belleza

¿Cuántas veces una mujer con un vestido perfectamente elegido para su figura ha hecho que nuestro corazón diese un vuelco y no se lo hemos comunicado, chicos? O chicas… ¿cuántas veces la manera de expresarse de un chico os ha hecho experimentar emociones refrescantes y poco habituales y no se lo habéis reconocido explícitamente?

La belleza de las personas: de las mujeres y de los hombres. Un concepto demasiado profundo para ser acogido sin sorpresa en esta época. Pero no es la primera vez, que escucho, o por el contrario me percato personalmente, de que aquellos que más cómoda e intensamente viven las relaciones -y como consecuencia los que más huella dejan en nosotros, los que más seducen- suelen ser esos que eligen ver belleza en los demás como tendencia general, y después lo comunican.

Eso no quiere decir que todo el mundo tenga que encantarnos, ni que tengamos que decirle todo lo que nos pasa por la cabeza a todo el mundo. Pero si se trata de generar una tendencia que provoque que observemos y comuniquemos este tipo de cosas más a menudo de lo que solemos hacer, que a veces es nunca.

Ver qué tienen los demás que los hace especiales, qué valoran de sí mismos y comunicárselo. “La belleza necesita un testigo”: Ese es el trabajo de todo aquel que quiere que su vida se rodeé de relaciones más fructíferas, numerosas y profundas; celebrar la belleza.

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Observa, reflexiona y expresa.

El proceso necesita que salgamos del egoísmo de querer ser “seductores”, como a menudo se denomina,  y pasemos a centrarnos en lo qué tienen esas personas que nos rodean a lo largo de nuestra vida. Se trata de dejar de comunicarnos con el fin de ligar u obtener algo, y empezar a ser generosos con los demás en nuestra comunicación por puro amor al arte.

Y es que una gran multitud de cosas en la vida, pueden tener belleza contenida en ellas, si elegimos verlo de esta manera. Una de esas cosas son las personas.

¿Nos tomamos el tiempo de memorizar el color del iris de las personas con las que hablamos? ¿De escuchar cuáles son las pasiones, sueños y miedos de nuestros seres queridos? ¿Nos detenemos a mirar la forma en que esa chica se aparta el pelo de su cara? ¿Sentimos la amabilidad de las palabras de ese chico con el que coincidimos habitualmente en la tienda de fotocopias?

Observar

Ver belleza es una elección. Podemos elegir caminar por la calle mirando a las personas de esta manera, o ignorar los pequeños detalles que hacen a cada persona distinta. Y todo esto, es decisión nuestra.

¿Basta solo con observar? ¿O implica algo más? Como toda capacidad, la observación puede desarrollarse. Al igual que un músico percibe matices más sutiles en la música que otra persona menos habituada a este estimulo, cuanto más ejercitemos esta capacidad, más complejas, precisas y ajustadas serán las cualidades y palabras que identifiquemos y  comuniquemos a los demás. Así dejaremos atrás los clásicos y genéricos adjetivos que lejos de hacernos sentir especiales, nos meten a todos en el cajón de la homogeneidad: los guapos y las guapas.

Reflexionar

No solo se trata de palpar los matices que distinguen cada uno de los físicos y las personalidades con las que nos topamos en nuestro camino. También se trata de empezar a ser conscientes de qué nos hacen sentir, qué nos generan como diría Luis.

Cómo en todo arte,  no basta solo con mirar el objeto, sino que también hay que saber recibir el significado que transmite, y sacar a la luz los matices más “profundos” ocultos bajo toda obra, que paradójicamente se manifiestan en nuestro interior.

Si hablamos claro, toda mujer y todo hombre, toda persona en conclusión, tiene una exclusividad, algo que le hace único. Por lo tanto, toda persona puede hacernos sentir, pensar y comportarnos de formas sutilmente diferentes, fruto de nuestra interacción con ellos, y de su influencia particular en nuestro mundo. Y nosotros a ellos también, como consecuencia.

Podemos reducir nuestra influencia al mínimo, y ocultar nuestro potencial bajo la manta del “qué dirán” o del “se me hace raro decir esto”. O podemos empezar a ser personas más sensibles a esta belleza, a sentirla de forma más consciente, y por supuesto a comunicarla más habitual y eficazmente.

Comunicar

También es un arte, y como todo arte, necesita que nos ajustemos a nuestros recursos y nuestros tempos, y cómo no a los de la otra persona. Por eso, si partimos de un nivel X, que podíamos considerar medio; es una locura plantearnos comunicar con una profundidad, intensidad, nivel, eficacia o como queramos llamarlo, a la altura de un nivel considerablemente mayor.

Y no es por el hecho de que no tengamos capacidad, es por el hecho de que perderíamos la naturalidad. Queremos expresar las cosas que nos nacen, y en los momentos iniciales puede ser que simplemente nos nazca decir “me ha gustado eso que has hecho” y ya está. Pero habitualmente buscamos esa gran frase, que no está dentro de nosotros, y al final lo dejamos pasar.

Lo que está claro, es que poco a poco podemos empezar a comunicar más y mejor. Dejar de piropear la belleza en general, al estilo del “maja y majo”, y empezar a admirar sonrisas, miradas, habilidades, expresiones, actitudes, gestos particulares…Ver belleza realmente, tomándonos el tiempo necesario para percibirla, entenderla y admirarla, o una vez más celebrarla como dice el bueno de Zan.

Incluso esto, puede ser revertido y aplicado sobre nosotros mismos. A menudo cuando nos preguntan “¿Quién eres?”, nuestra respuesta no es más que algunos datos lógicos sin ningún tipo de importancia real. “Soy Fernando, psicólogo, de Ávila y de 24 años”.  Quizás es el momento de empezar a observarnos con atención, validar las cualidades positivas que tenemos y comunicarlas con emoción, transmitiendo explícitamente la belleza que tratamos de ver en nosotros mismos. De forma realista, dicho con respeto, y siendo empáticos con la otra persona, esta forma de comunicación se aleja del egocentrismo o la prepotencia, y abre la puerta a que otros se comuniquen igual, y nuestras relaciones sean más auténticas y profundas.

“Soy Fernando, he estudiado psicología porque me apasiona ver el cambio que se produce en las personas cuando al conseguir convivir con sus miedos e inseguridades, son capaces de mostrar al mundo su verdadero potencial. Me siento orgulloso de ser abulense, aunque tengo sangre valenciana y me apasiona visitarlo cada cierto tiempo para reestructurar mi mente, y no puedo pasar un solo día sin escuchar Rock and Roll”. ¿Sabéis más de mi ahora? Gracias Álvaro.

La clave es qué interpretamos como éxito

Esto va más allá de decir cosas buenas a la gente por recibir algo a cambio, de hecho está en el polo opuesto. Se trata de comunicar por amor al arte, o mejor dicho, por amor a las personas. Comunicarlo porque decidimos ver el mundo así, gratuitamente, por mero disfrute, y no porque esperamos que así otras personas se fijaran en nosotros, les gustaremos más o nos darán ese ansiado número de teléfono. Se trata de ver belleza como un fin, no de adular para conseguir algo a cambio.

Pararos a pensar, que el anhelo de elogios e incluso la escasez de momentos donde las personas nos dicen algo sobre nosotros que no sabíamos que teníamos lo vivimos todos. ¿No os parece un movimiento precioso empezar a crear un mundo a nuestro alrededor, donde seamos la causa -esa va por ti, Javi– de que los demás vean más belleza en si mismos?

No obstante, vayamos paso a paso, progresemos en esta disciplina con el objetivo de hacer sentir mejor a los demás, no de ligar más y mejor. Cómo bien defiende,  Álvaro, del cual he aprendido mucho:

“La mejor manera de vincularnos con los demás es a través de las emociones, porque todos las tenemos, aunque sea a través de experiencias distintas.”

Tanto es así que incluso hay estudios científicos evidenciando el poder del “agradecimiento” sincero y significativo en el cerebro de la persona que lo expresa, siendo incompatible con las sensaciones de desánimo. Quizá por eso las personas con depresión a menudo escriben esos diarios de agradecimiento en ciertas terapias psicológicas.

Para concluir esta parte hablamos de enamorarnos del proceso que es vivir y relacionarse, de dejar a un lado los resultados. Hablamos de cambiar el criterio del éxito: dejar de pensar “¿le gusto a esta persona? Y empezar a decirnos “¿le he comunicado a esta persona lo bueno que veo en ella?”, si es así, entonces he cumplido mi objetivo.

Y como Zan expresó y Yago me recordó: “La belleza se levanta ante los ojos de quien la celebra”

El error que a menudo cometemos al “ligar”.

Javier Santoro, el cual ha sido entrevistado en varias ocasiones por distintos medios de comunicación relevantes, me sorprendió en uno de sus talleres, aportando una metáfora con el fin de que sus alumnos tomaran conciencia de la importancia de este concepto.

Si bien mantendré en la privacidad dicha metáfora hasta que él decida que vea la luz, si diré que la conclusión hace mención a la incongruencia que existe entre comportarnos de una manera poco comunicativa, observadora y cercana con las personas en general; y el hecho de querer ser “Casanova” cuando en determinado momento aparece esa persona que nos gusta y de repente, queremos dejar de comportarnos así y poder decir esa frase mágica de forma que le toque el corazón.

Como vemos, queremos ser quien no somos, y esa disonancia se manifiesta en miedos, ansiedad, bloqueos etc. Qué nos llevan a preguntarnos permanentemente: ¿Por qué no me atrevo? ¿Por qué lo que dicen otros tiene ese efecto en las personas y no lo que digo yo? ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy tan nervioso?

Se trata de que nuestra persona en general mejore. Y mejor si encima podemos hacer mejorar a los demás. No se trata de ser durante todo el día personas “ocultas” y de repente querer ser esa persona “expuesta”, dicharachera, con labia y estilo durante 30 segundos para conocer a quien nos gusta. No tiene sentido.

“Aumentar nuestra personalidad media” como le gusta expresar al señor Santoro, ¿cómo? “Haciendo sonreír como fin en sí mismo”, le gusta añadir, “para que seducir sea una consecuencia”, concluye a menudo.

Dejar de comunicarnos solo para ligar, y empezar a comunicarnos porque queremos ser así.

Bailar el momento

Es una de las expresiones que más me llegaron al corazón cuando la escuché de Zan: bailar el momento. Y de hecho es de lo que trato de hablaros aquí. Mi intención es comunicaros la perspectiva y la filosofía de que para mejorar en nuestras relaciones; bien sea a nivel externo en lo que a las interacciones como tal se refiere, o bien sea a nivel interno, en lo referente a comodidad, inseguridades, miedos etc. No necesitamos ser quien no somos.

Bailar el momento significa empezar a vivir un poco más impulsiva y emocionalmente, y un poco menos racionalmente. Significa comunicar lo bueno que vemos en alguien y que nos sorprende, antes de que nuestra mente nos frene con cosas como “pero cómo vas a decir eso…anda déjalo…no es lo suficientemente bueno”.

Porque muchas veces ese dialogo interno, está influenciado por nuestra educación y por otros factores sociales, y es interesante que comprobemos qué es aquello que nos hace sentir bien y qué genera emociones positivas en nosotros, más allá de lo que nos dé por pensar en ese momento.

Hace unos días, Javi y yo tomábamos algo juntos en un chiringuito de la playa. Había pisado ese lugar mil veces, pero nunca había estado en una de esas zonas Chill Out donde siempre evitaba ir, por si me dejaban en números rojos. Los alumnos conocían a decenas de personas mientras tanto por la orilla, y en cierto momento me percaté de una chica preciosa que estaba tumbada en una de las hamacas que se podían alquilar. No quería ligar con ella, pero me parecía preciosa, rodeada de sombrillas, con el cielo azul alrededor, una melena rubia y un bronceado muy cuidado.

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Javi me dijo “¿por qué no vas a decírselo?” a lo cual yo alegué que no me salía hacer eso porque no me sentía seguro. El me hablo de distintas personas a las que había conocido, y me dijo “y tampoco tenía el valor suficiente para hacerlo en ese momento”.

Medio minuto después, me levanté, camine hacia ella con las piernas temblándome y se lo dije. Ella hablaba inglés, así que tuve que ingeniármelas para comunicarle lo mismo de nuevo, y después me marché. Repito, no quería ligar, pero ella era preciosa y me parecía justo reconocérselo, porque si alguien pensase lo mismo de mi me gustaría saberlo.

Me marché de allí, y la sensación fue nueva para mí. Había convertido el deseo de comunicarle una impresión bonita a una persona que había visto en una acción. No quería respuestas de ella, ya tenía mi respuesta, porque mi criterio del éxito no consistía en ligar, simplemente en celebrar la belleza. Ella era preciosa y yo había vivido un momento precioso. No necesitaba más.

Intentemos generar una nueva forma lógica y racional de interpretar las cosas, pero a través de nuevas experiencias guiadas por nuestros impulsos y lo que nos hace sentir bien, no de un costoso trabajo cognitivo en el cual tenemos que rebatir cada uno de nuestros pensamientos, y al final hace que actuemos de la misma manera: la chica o el chico se marcha y no lo volvemos a ver  nunca.

Si nos apetece admirar el estilo de vestir de una persona, lo hacemos. Si nos gustaría reconocer la amabilidad con la que nos han tratado en una tienda, lo hacemos. Si la sonrisa de alguien nos atrapa tanto como para no mirar otra cosa en una calle transitada, lo comunicamos.

¿Por qué? Porque “aquello que amas te ama”. Porque así lo sentimos, porque hay algo ahí dentro de nosotros que momentáneamente grita “¡eso, eso!” y siempre tenemos dos opciones: apagarlo con el peso de nuestras dudas, creencias irracionales e influencias sociales; o bien, soltarlo y expresárselo al mundo con todo nuestro nerviosismo e inseguridad de la mano. Y os habla uno que de nerviosismo, es de lo único que puede afirmar que sabe mucho.

Era madrugada, después de una noche en el puerto montaba en el coche de un taxista argentino. ¿Cómo va tu noche? Le dije, y me respondío con la típica conversación acerca de las carreras que había hecho. El me preguntó a mi sobre la mía. Me di cuenta que durante todo ese verano, ningún taxista me había preguntado cómo había ido mi noche, así que me salió describírsela con detalle y hablarle del trabajo que estaba haciendo. Pareció encantarle, e incluso me habló de que su hija también era psicóloga. Al rato, cuando estaba a punto de bajarme del coche, tuvimos una despedida en la cual creo que ambos teníamos la sensación de conocernos desde hace años. Un momento genial, que recuerdo a menudo desde entonces, y que surgió simplemente de que dos personas, tuvieron la curiosidad de querer saber sobre el otro, y la generosidad de querer abrirse.

Se trata de empezar a escuchar esa voz. De cuestionarnos por qué cada cosa positiva que pensamos sobre alguien la matamos con el fuego de las dudas, las creencias y las inseguridades. Se trata incluso, de empezar a probar nuevas formas de actuar, que si bien pueden ser novedosas y generar cierta incertidumbre, miedos e inseguridades al principio, a la larga nos acercaran más al tipo de persona que se ve rodeada de relaciones sanas y sólidas: la belleza trae belleza.

Te invito a reflexionar, sobre la idea de que para sentirnos bien con nosotros mismos, necesitamos alinearnos con nuestras emociones, y una vez lo hacemos en realidad no importa tener algunos pensamientos negativos en nuestra cabeza en un momento dado.

No importa si la chica o el chico me nota nervioso, importa sentir que somos capaces de comunicar nuestros deseos y de convertirlos en realidades. No necesitamos el resultado, necesitamos saber que estamos en el proceso de conseguir resultados. He ahí una belleza oculta, que ha de ser descubierta en mi opinión.

¿Ya acabó el himno?

Volver a ser l@s niñ@s que éramos

Picasso decía: Todos los niños nacen artistas. El problema es cómo seguir siendo artistas al crecer.

“Si yo de pequeño era un charlatán. Hablaba con todo el mundo, bromeaba permanentemente, era el centro de las risas, el alma de la fiesta…”

“¿Y qué paso?”

“Bueno…ya sabes, uno se hace mayor.”

Volver a ser niños, recuperar la capacidad de asombrarse y moverse a través del misterio. Para crear belleza en el mundo, necesitamos ver belleza en el mundo. ¿Cómo? Permitiéndonos ver aquello que está ahí oculto, aunque no podamos descubrirlo nunca del todo. Tolerando la incertidumbre de no saber qué es eso que ha hecho que mi corazón de un vuelco. Recuperando el asombro, el interés por descubrirlo. “Quiero saber más sobre ti, porque hay algo que ha llamado mi atención”. ¿No es así como podrían empezar la gran mayoría de las relaciones? Y al final, ni siquiera queremos descubrirlo del todo, pues es el proceso de descubrimiento lo que nos alimenta, no el resultado.

Ha entrado un/a chic@ impresionante en el autobús. Me ha llamado la atención, hay algo en esa persona tan intrigante para mi, que el resto de la gente se ha nublado, y solo puedo ser consciente de su presencia. Y sin embargo miro a otro lado…porque bueno, ¿y si me pilla mirándole? ¿qué diría? No, no puedo hacer eso, quedaría tan raro, seguro que le parecería un/a loc@…

Creemos que la hemos visto. “Esta buenisim@” decimos. Y la realidad es que ni siquiera nos hemos tomado el tiempo necesario para observar y comprobar que tiene esa persona de distinto. Porque en seguida hemos cambiado el foco: hemos dejado de pensar qué tiene de interesante, y hemos empezado a debatir sobre cómo impresionarle. Ya no se trata de él o ella, se trata de nosotros. No se trata de su belleza, se trata de otras cosas. De hecho ni le miramos, porque ¿y si nos descubre? Ya no es ella o él, somos nosotros.

Y otra oportunidad de ver belleza, de reflexionar sobre ella y de celebrar que existe y que nos hace sentir vivos se pierde. Una sonrisa, una actitud, unas palabras o un cuerpo.

 Recuperemos la espontaneidad que solíamos tener cuando éramos niños. Premiemos lo que nos parece digno de serlo, admiremos lo que nos hace sentir bien, reconozcamos un cuerpo bonito, aplaudamos un acto valeroso, y veamos belleza también en nosotros mismos al estar creando un mundo más comunicativo, dinámico, natural y justo.

Porque, ¿acaso no es justo que si una persona tiene un rasgo determinado en su forma de ser o en su físico que nos llama la atención positivamente se lo comuniquemos? ¿No nos gustaría a nosotros recibir ese tipo de trato de los demás? Quizás y esta es otra opinión personal, el mundo solo necesita personas que asuman el rol de liderazgo y empiecen a proponer esta nueva forma de relacionarse. La generosidad imponiéndose a la manipulación.

La única manera de rodear nuestras relaciones de belleza, es ver esa belleza conscientemente. Movernos hacia ella, actuar y actuar en busca de momentos y de personas bellas. Y en determinados momentos tendremos miedo y dudas, sentiremos ansiedad, e incluso puede que nuestras experiencias no sean todo lo buenas que esperábamos. ¿Por qué? Porque estamos siendo extravagantes, hacemos algo que no todo el mundo hace, nos exponemos, y exponerse siempre conlleva un riesgo. Pero a partir de ese momento, desde que ponemos un pie fuera, somos los únicos con la posibilidad de generar un mundo social más rico, natural y auténtico en nuestra vida (me cambiaste la vida J.S).

Si nos sumergimos en el proceso de encontrarnos con la belleza en nuestras vidas, al final nuestros propios actos nos dirigirán hacia allí.

Una persona quiere comprarse un Seat Ibiza rojo y de repente los ve por todas partes. Otra persona se pasa una época después de una ruptura centrándose en que su relación no ha ido como esperaba y de repente ve negatividad y problemas en todas y cada una de las que le quedan, en cada una de sus interacciones. ¿Qué pasaría si pusiéramos nuestra atención en lo positivo y lo especial de las personas que tenemos delante?

No se trata de ignorar los problemas. No se trata de hacernos inconscientes a lo que no nos gusta. Se trata de tener la voluntad de crear un mundo para nosotros, basado y fundamentado, en las cosas que nos hacen sentir bien. Y esas cosas para empezar, están en cada una de las personas que nos cruzamos.

Era domingo por la noche. La última del tercer Mandanga Summer Camp que he vivido. Aparte de lo comentado, por su nombre se intuye, que es un campamento de verano divertido y emotivo. Habíamos conectado durante esos días y entramos pausadamente al Radiocity un bar de Valencia.

Pero cuando estás en Egoland, no existe la pausa, y por momentos dejamos descansar la mente. Yago y Álvaro, formaron un corro, y empezaron a salir de uno en uno a bailar de forma magistralmente ridícula al medio, encima de una gran tarima. El segundo, me sorprendió sacando su lado más divertido, que provocó que mis risas fuesen interminables, al contrastar con la imagen más formal que por cuestiones laborales transmitía (solo por momentos).

Su liderazgo, aparte de un sinfín de risas, provocó que cada uno de los que estábamos allí empezase a salir a hacer un baile. De hecho estos bailes, y con motivo de que habían terminado los JJOO de Rio, derivaron en la imitación de cada uno de los deportes al son de la música.

Empecé a ponerme nervioso, porque bailar nunca se me ha dado bien, y mi racionalidad hizo que incluso divertirme y hacer el ridículo de repente supusiese un bloqueo para mi, algo que ya creía controlado después de mis maravillosos años como universitario en Salamanca.

Y de repente lo recordé: la belleza necesita un testigo. Empecé a fijarme en mis compañeros de trabajo, en como Luis aparcaba al músico y poeta, y sacaba al actor de teatro que llevaba dentro, en como Javi nos daba clases de la capoeira más humorística de la Tierra.

Por supuesto, miraba las caras de felicidad de cada uno de los alumnos, personas que hacía cinco días nos confesaban sus miedos e inseguridades -de forma tímida y sin conocernos apenas- a la hora de exponerse a situaciones de este tipo, ahora reían, proponían y disfrutaban de un contexto absolutamente inesperado.

Y entonces, al buscar la belleza, la vi. Salí al medio, e hice uno de mis trillados bailes con amigos en momentos más tempranos de mi vida. Los pensamientos, la inseguridad, la ansiedad…todo se disipó, solo estábamos ellos y yo. Estaba con gente que me había maravillado durante días, y estaba maravillado ante ellos.

Ese momento en particular, y esa noche en general, unos días después me hacen sentir que viví uno de los mejores momentos de mi vida. Y simplemente fue, porque decidí ver belleza, y la encontré.

Todo el mundo se permite sabotearse a sí mismo en esta área, y muy pocos se mueven activamente para crear un mundo mejor a su voluntad y medida.

“La belleza necesita un testigo. La belleza se levanta ante los ojos de quien la celebra.” Zan Perrion.

Gracias Javi y Yago por enseñarme la belleza de mi vida. Gracias Álvaro y Luis por darme la oportunidad de rodearme de los que antaño eran mis “héroes”. Gracias Antoni por tu sabiduría. Gracias Quique por enseñarme a ver el mundo como solo un padre primerizo puede hacerlo Gracias Laura por iluminar el camino de decenas de hombres con ganas de ser más para las mujeres. Gracias Wilton por enseñarme a transformar sueños en realidades. Y cómo no, gracias a ti Sonia, por permitirme disfrutarte durante unos meses maravillosos.

Por último, gracias a todos y cada uno de los alumnos, porque una vez más habéis hecho que mi gran mantra se cumpla:

“El ochenta por ciento del éxito está simplemente en el hecho de mostrarse”. Woody Allen.

 

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Fernando Díez Serrano
Psicólogo general sanitario y fundador de Psicorockgía. He sido ponente en TEDxCalledelacompañia y he colaborado con empresas como Psiky, Egoland o Psicología y Comunicación. Actualmente ejerzo de psicólogo en Clínica Centro Estación en Ávila. La clave para dar sentido a la vida está en el arte, está en la música.