Cuando estamos frente a un público

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En el primer artículo de esta serie comentábamos dos ideas concretas. La primera consistía en la vulnerabilidad que todo orador tiene por experimentado o habilidoso que sea al hablar en público. La segunda se refería a dos estilos de aprendizaje; uno orientado a los resultados y otro al proceso. Hoy nos centraremos en un mensaje fundamental para llevar a cabo ese aprendizaje centrado en el proceso.

Cuando eres psicólogo es habitual que en el tema que nos compete hoy nos encontremos con una pregunta: ¿cómo puedo sentirme más seguro al hablar en público? A raíz de esto, internet y la literatura pertinente están plagados de pautas prácticas y concretas para mejorar: llevar bien aprendido el material, ensayar, tomar notas etc. Algunas de estas pautas son interesantes, y otras está por ver que lo sean.

Estos consejos pueden ser útiles en la mayoría de las ocasiones. Aún así, en mi humilde experiencia como psicólogo, no es suficiente para las personas en general. Hay mucha gente que ensaya, que lleva un esquema, que se aprende el discurso de arriba a abajo, y aún así cuando se pone de pies en el escenario se siente igual de incómodo: en definitiva, el problema se mantiene.

Nathaniel Branden defiende la idea de que la autoestima es algo que se experimenta, que se vive; mientras que la aceptación de uno mismo es un comportamiento, algo que se hace. Este va a ser nuestro punto de partida. Sentirse más seguro encima de un escenario o delante de un grupo de personas, entre otras cosas -la psicología es compleja- es la suma de una autoestima sana y una capacidad para aceptarse a uno mismo en los aspectos que entran en juego desarrollada.

El miedo a hablar en público es versátil. Hay gente que en su día a día se relaciona de forma cómoda y en situaciones donde es el centro de atención se pone nervioso. Pero también hay gente cuyo miedo a hablar en público se proyecta al resto de sus relaciones de igual manera -en una fobia social generalizada por ejemplo-. Esto nos lleva a aceptar orígenes distintos que desembocan en algo concreto: la persona no consigue aceptar como se siente en estas situaciones.

Es fácil de explicar. Muchos de nosotros -sino todos- conocemos a personas que cuando hablan en público son todo calma, seguridad y aplomo. Y solo algunos conocemos a personas que aún sintiéndose nerviosos, o evidenciando ciertos niveles de ansiedad, no solo disfrutan de hablar en público, sino que además conectan y enganchan con sus oyentes.

La pregunta entonces es ¿qué hay en común en medio de tanta disparidad?. Personas conocidas como Nicole Kidman, Harrison Ford, Julia Roberts o el propio Winston Churchill confesaron en su momento sentir miedo o incluso pánico ante situaciones de este tipo. Pero durante toda su vida no solo han permanecido haciéndolo, sino que han alcanzado lo que podemos considerar un gran nivel práctico. La primera conclusión a la que podemos llegar entonces es a que la gente que habla en público a menudo, tiene más probabilidades de dominar este arte.

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Algunos podrían argumentar: “yo no soy tan bueno como ellos”, o “a mi me tiembla tanto la voz que es inútil ocultarlo”. Arturo Bados, uno de los grandes investigadores en fobia social y miedo a hablar en público en España, habla de cómo el objetivo no es la eliminación de estos síntomas: temblar, ponerse rojo, quedarse en blanco etc. sino la del miedo a padecerlos.

El mensaje es claro, tanto de la experiencia, como de los mejores investigadores: cometemos un error si pretendemos eliminar los síntomas. La idea es aprender a aceptarlos, convivir con ellos, incluir la ansiedad en esos momentos en nuestras vidas como un recurso más.

Puede parecer un cliché, pero es bastante habitual escuchar un discurso plagado de intentos de dejar atrás aquello que nos hace vulnerables en estas situaciones, y todo el desarrollo del conocimiento en este área termina apuntando a que la estrategia más útil -y por otro lado más natural- es trabajar en convivir sanamente con lo que somos en esos momentos. Si no rechazo mi miedo y mi ansiedad, estos dejan de ser un problema y simplemente son una parte más de mi mismo.

En próximos artículos seguiremos investigando cómo aceptar más esa sintomatología. Un abrazo.

Branden, N.(2008) El respeto hacia uno mismo. Barcelona, España. Paidós Ibérica S.A