El apego en la infancia

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¡Hola de nuevo Psicorockeros! Volvemos ahora con un artículo donde vamos a tratar un tema muy diferente de lo tratado hasta ahora. Y es que en mi experiencia profesional, la infancia ocupa una gran parte de mi tiempo. Para mí es una suerte, ya que se trata de una de mis partes favoritas de la profesión. ¿Boom, boom, boom, boom?

“Todos somos productos de nuestra infancia”, así hablaba sobre ello Michael Jackson; un hombre que como él mismo confesó en varias entrevistas, no tuvo la infancia que le habría gustado tener.

Razón no le faltaba en absoluto, ya que la infancia temprana supone un aspecto esencial en cuanto al desarrollo general de las personas, en todos los sentidos. En muchos animales, como bien sabemos, las crías nacen con muchas habilidades ya adquiridas, y las que no tienen aún, se aprenden a los pocos días o semanas. Se convierten en seres autónomos a la voz de ya.

Sin embargo, nosotros, cuando somos “peques” somos individuos totalmente indefensos, que necesitamos constantemente el apoyo del medio social que nos rodea.

Podemos decir que nuestras capacidades para actuar en esta etapa de la vida se reducen a un puñado de reflejos (como succionar, agarrarnos con manos y pies fuertemente a cualquier cosa que se acerque…), el lloro, la sonrisa y poco más.

Aún así, estas pocas formas de actuar, le sirven al niño para establecer vínculos con las personas de su entorno. Podemos hablar de que estos vínculos cumplen una función meramente adaptativa (si nos fijamos en el rollo de Darwin y la evolución), ya que esta relación, al bebé le supone una ventaja para aumentar su capacidad de supervivencia. Estos vínculos se desarrollan principalmente entre el pequeño y las personas que se encargan de sus cuidados o quienes pasan más tiempo con él y responden a sus demandas.

Nos referimos de esta manera a la crianza desde un punto de vista más biológico. Por ello, según este enfoque, estos chiquinajos vendrían preparados biológicamente para que “se nos caiga la baba” y no les quitemos el ojo ni un minuto de encima, actuando ante cualquier cosa que necesiten.

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Los niños y el desarrollo evolutivo

Sus actuaciones en el medio, como hemos dicho, son reducidas, pero son suficientes para este propósito que se ha indicado aquí arriba. Las expresiones faciales y emocionales son una de las formas más sencillas y más eficaces que tienen para hacernos llegar la información de lo que le pasa en ese preciso momento. Desde el nacimiento el llanto está presente, así como la expresión que le surge al probar algo que le agrada, en contraste con aquella que le surge al darse cuenta de que algo no le ha gustado (como un limón por ejemplo).

Al poco tiempo, la sonrisa pasa de ser una manera de expresar gustos o sentimientos individuales a ser un instrumento social y una respuesta que da el pequeño ante estímulos que le mostramos. Por supuesto, con las siguientes fases de desarrollo el niño es capaz de comunicar aquello que necesita mediante gestos, mediante acciones, mediante vocalizaciones imposibles de entender, palabras después, etc.

En gran parte, realmente es así. Pero no solamente vienen preparados para ser el centro de atención de los adultos. También parecen destinados cuando son pequeños a que nosotros seamos su objeto principal de atención.

Nuestra cara es un estímulo perfecto para ser percibido por su sistema visual aún en desarrollo: ven mejor las zonas con contrastes de luz y de color (entre el pelo y la piel, entre los pliegues y curvas de la cara), los rasgos faciales son invariantes (se fijan en formas concretas y simétricas) y se encuentran en constante movimiento (movimientos y gestos faciales) sobre todo cuando nos dirigimos a ellos haciéndoles muecas y no somos capaces de parar. Mientras tanto, él o ella pueden estar pensando ¿Quién es este señor/a?

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Todos estos sistemas de actuación son su forma de relacionarse con las figuras de crianza y permiten la formación de unos lazos afectivos mucho más íntimos que con otras personas. Ante una demanda del pequeño la persona que pasa más tiempo con él sabe qué es lo que le ocurre o va acercándose a lo que realmente necesita mediante pruebas (ensayo – error). Estas pruebas es necesario que ocurran sin pasar mucho tiempo desde que el niño lo ha demandado y que sean consecuencia de la acción del niño.

De esta forma aquella persona que más responda a estas actuaciones del niño se convertirá/n en su figura/s de referencia. El niño tendrá la seguridad que ante cualquier demanda, aparecerá esa persona y dará con eso que realmente necesita. Se va forjando así una relación mucho más intensa. El niño reacciona más emocionalmente ante la presencia o la ausencia de esa/s persona/s: Empiezan los llantos cuando esa persona desaparece. Al “peque” no hay quien lo separe de el/ella/ellos.

Esto es bastante entendible, ya que no tiene capacidad para imaginarse que se ha ido y después volverá, ni tampoco puede tener la imagen mental de la persona, por lo que para él, se ha ido y no va a volver.

Poco a poco según va avanzando su desarrollo cerebral, intelectual y físico el niño es capaz de representarse mentalmente a la persona con la que ha establecido ese vínculo que llamamos apego. Sigue manteniéndose esa misma relación, pero el niño aunque se marche, no presenta ansiedad, angustia o lloros. Ya no necesita seguirla de forma continuada.

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Tipos de apego

Todo este proceso que se ha intentado describir aquí arriba, es frecuente que se produzca así; no exactamente igual, pero sí que aparezcan de forma progresiva todos estos aspectos y se vayan produciendo esos avances conforme el pitufo va creciendo en desarrollo y edad. El niño en las sucesivas etapas del proceso debe ir teniendo la seguridad de que las personas con las que ha estado tanto tiempo y han cuidado de él, van a estar cuando las necesite. Podemos decir metafóricamente que su suelo o su base sobre la que avanzar debe ser algo seguro y estable. A esta relación de seguridad es a lo que podemos llamar apego.

Gabriel García Márquez:“Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.” 

Si en el proceso, las figuras de crianza desaparecen de forma frecuente o intermitentemente (separación); no responden a las demandas del niño durante largos periodos de tiempo (falta de refuerzo y satisfacción de sus necesidades); o la respuesta a la demanda es una respuesta totalmente inesperada y negativa de forma reiterada (agresiones ya sean verbales o físicas) esta relación puede crearse con dificultades y supondrá una serie de aspectos que pueden llegar a determinar algunos factores de la personalidad del pequeño y su estado emocional posterior.

En las investigaciones realizadas por Ainsworth, Blehar, Water y Wall (1978) así como las realizadas por Main y Solomon (1990) dieron resultados importantes sobre la relación de apego. Para ello desarrollaron una metodología denominada “Situación Extraña” (pincha aquí para saber más)

Estos autores distinguieron 4 tipos de apego, que se pueden observar por el comportamiento que tenga el chiquitín ante la presencia o la ausencia de la madre:

  • Apego Seguro: El niño disfruta cuando la madre se encuentra cerca, realiza la actividad a la que está prestando atención y se mantiene tranquilo. Sin embargo, si la madre se marcha, deja la actividad, comienza a llorar y está intranquilo. Todo vuelve a la normalidad y el niño se tranquiliza cuando la madre vuelve.
  • Apegos Inseguros: se perciben según las variaciones del comportamiento del niño en relación con el anteriormente descrito:
    • Apego evasivo o evitativo: el niño realiza la actividad en presencia o ausencia de la figura de crianza, y aunque esta persona haya salido y vuelva, esto no le supone ni una preocupación, ni una alegría percibida.
    • Apego resistente: el pequeño se encuentra en una constante rabieta, de forma que aunque su figura de apego esté o no esté, el niño está en constante tensión y ansioso.
    • Apego desorganizado: ha sido el último tipo de apego, descrito por Main y Solomon. El niño presenta un comportamiento inestable y contradictorio ante la presencia o ausencia de la figura de crianza. Según los estudios, está relacionado con niños que han sufrido situaciones de maltrato o desestructuración del medio que le rodea.

Agatha Christie: “Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida, es tener una infancia feliz”

Los comportamientos descritos, hay que recordar que son comportamientos que han surgido en el contexto de la experimentación llevada a cabo por los autores. Sin embargo, esto puede ser una muestra de la conducta que pueden mostrar algunos niños según su relación con la madre.

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Hay que decir que la relación de apego es importante para el desarrollo de la personalidad, el desarrollo general del individuo y más concretamente el desarrollo emocional. De ello también dependerá el futuro autoconcepto y autoestima, el comportamiento general del individuo, su rendimiento en varios aspectos de la vida y sobre todo, las relaciones que establecerá con los demás tanto en cantidad como en calidad.

Esto mismo se explicará más concretamente en siguientes artículos.

Como podemos ver la relación que mantenemos con los “peques” de la casa es algo que influye mucho en ellos. No hay que caer en la sobreprotección, ya que esto le perjudicaría también en gran medida, pero cuando oímos a los papás hablar de que los zagales ocupan gran parte de su tiempo, es algo totalmente normal y es un signo de que se le está dando lo que necesita, siempre y cuando el niño también tenga su espacio de actuación.

Sigmund Freud: “No puedo pensar en ninguna necesidad de la infancia tan fuerte como la necesidad de protección de un padre.”